La acelerada crisis climática en todo el mundo, y la irrupción de enfermedades consideradas de origen animal como la Covid-19 reabren el debate sobre si debemos dejar de comer carne para salvar el planeta. En Catalunya, diversas pastoras defienden sistemas sostenibles de producción de carne, leche o huevos, y luchan por visibilizar el trabajo de las ganaderas en el medio rural.

una ganadera en medio del campo y rodeada de sus cabras

Merlés Martínez Montserrat con sus cabras. / Foto: Marta Pérez Santos

Al abrir la verja del corral, la imagen se repite, hipnótica, como un carrusel. Doscientas cabras salen como si fueran una sola, muy juntas: una maraña de cuernos, pezuñas y cencerros que baja deprisa una pequeña pendiente, y luego espera. Cristina, con un bastón en la mano, se pone en cabeza. Y el grupo entero empieza a andar, hacia la montaña.

Cristina de Llanos tiene 30 años y es pastora. Desde hace año y medio está al frente de Remugabosc (“bosque rumiante”, en catalán), un proyecto de silvopastura en Begues, a unos 32 kilómetros de Barcelona y cercano al Parque Natural del Garraf.

La silvopastura, explica, es una forma de gestionar los recursos del bosque usando al ganado. En su caso, se trata de llevar a sus cabras a pastar en los bosques que hay alrededor del corral donde los animales duermen durante la noche. Esta práctica no solo sirve para que las cabras se alimenten, sino que también es beneficiosa para el monte, ya que el ganado ayuda a desbrozar y a reducir una parte de la masa forestal que resultaría peligrosa en caso de incendio.

“Se produce un ahorro económico. Desbrozar con maquinaria comporta un gasto de gasoil muy grande, además de que el ruido molesta a las aves que estén nidificando, y también a las vecinas”, expresa Cristina de Llanos. “Se aprovecha una biomasa que sería un riesgo si hubiese un incendio, y gracias a los animales se acaba transformando en carne, leche, lana o piel, además de en abono para el bosque y las huertas”, asegura. La silvopastura entra dentro de lo que se conoce como ganadería extensiva, un sistema que implica que los animales estén siempre al aire libre y se alimenten de pasto.

“Los animales que salen a pastar abonan el terreno y hacen que las plantas crezcan y puedan captar el CO2 de la atmósfera. Lo que le saco a la naturaleza para alimentar al ganado, lo estoy devolviendo con abonos que hacen que haya una mayor biodiversidad”, asegura Merlés Martínez Montserrat, que produce leche, yogures y quesos en Vacarisses, en las estribaciones de la sierra de Montserrat, por donde pastan sus más de un centenar de cabras.

El virus y el consumo de carne

El modelo extensivo se opone al intensivo, que se caracteriza por tener explotaciones con gran cantidad de animales encerrados en establos y alimentados únicamente con piensos artificiales. Los animales utilizados en la ganadería intensiva nunca salen al exterior. “Las explotaciones intensivas no son granjas: son fábricas de carne”, afirma De Llanos. “Allí los animales están poco aireados, hay muchos por metro cuadrado y no les toca el sol ni el aire. No tienen espacio para desarrollar sus instintos naturales”, añade.

Desde el punto de vista de las zoonosis -las enfermedades transmitidas entre animales, incluyendo a los seres humanos-, estas condiciones de hacinamiento y mala ventilación de los animales suponen un riesgo añadido. “A veces se nos reclama que el ganado, al ir a pastar, puede tener contacto con enfermedades de animales salvajes, como la tuberculosis de los jabalíes, y que, en la ganadería intensiva, al no haber contacto con otros animales, esto no sucede. Pero la base es que, si los animales están sanos, es difícil que tengan enfermedades. Y si enferman, cuando están bien espaciados es mucho más difícil la propagación. Es lo mismo que sucede con los humanos. Es más probable que un animal que está encerrado y estresado tenga las defensas más bajas y contraiga enfermedades”, dice la ganadera de Begues.

primer plano de la cara de una cabra

Una cabra en el corral de Remugabosc. / Foto: Marta Pérez Santos

Preocuparse por la salud animal, en un contexto global en el que un virus está poniendo en jaque vidas y economías, no es menor. Se cree que el actual brote de SARS-CoV-2 se originó en un mercado de animales vivos en la ciudad china de Wuhan, donde se registraron los primeros casos de la enfermedad, y algunos estudios apuntan a que el virus pasó de los murciélagos a otros animales, antes de llegar a infectar a humanos.

Pese a la alarma generada por el coronavirus, Marta Rivera Ferre no cree que esta crisis haya generado una reducción del consumo de carne en el ámbito doméstico, como sí ocurrió en anteriores crisis sanitarias como la del llamado “mal de las vacas locas”. Rivera Ferre es la directora de la Cátedra de Agroecología y Sistemas Alimentarios de la Universidad de Vic, y considera que lo que más ha impactado en el consumo de carne durante los meses de confinamiento ha sido el cierre de restaurantes y comedores escolares.

Sí cree, en cambio, que el confinamiento generó un incremento de la confianza de las consumidoras en la producción local de alimentos, y aumentó su distribución a través de redes organizadas con servicios de mensajería en el móvil. “Al estar encerrada, la gente tenía dos opciones: o ir al supermercado, o acudir al boca a boca del reparto a domicilio. Ahí las productoras han hecho redes nuevas de clientes y se ha producido un cierto cambio de mirada, con personas que han entrado en contacto con el consumo agroecológico”, explica la experta en sistemas alimentarios.

Un consumo insostenible

En el caso de la carne, el consumo agroecológico equivale a optar por productos procedentes de la ganadería extensiva. Rivera Ferre advierte, sin embargo, de que estos productos suelen ser más caros que los que provienen de la ganadería intensiva. “Pero no es un tema de los precios, sino de los costes reales que tiene la ganadería intensiva”, afirma.

Explica que la ganadería intensiva genera fuertes impactos medioambientales. En este modelo, los animales se alimentan de piensos que se elaboran con cereales o plantas oleaginosas como la soja, lo que obliga a deforestar grandes extensiones de terreno para dar espacio a estos cultivos. Se trata además de una actividad muy contaminante, que produce muchos residuos. La carne barata que esta industria saca al mercado favorece que el consumo sea mayor, pero origina una dieta no adecuada, con un exceso de proteína animal, lo que conlleva un riesgo de enfermedades y un coste sociosanitario asociado a ellas.

“La solución no es bajar los precios de los productos de la ganadería extensiva, sino que la intensiva internalice los costes que produce, y no reciba subvenciones. Con eso, sería más cara y acabaría desapareciendo. Con un precio más alto, la carne acabaría siendo un producto de lujo, como lo han sido el salmón o las gambas antes de que se produjeran en piscifactorías, y la gente comería menos carne”, plantea Rivera Ferre.

Las propias pastoras están de acuerdo. “Nosotras tenemos clarísimo que hay que reducir el consumo de carne. No puedes desayunar jamón, comer pechuga de pollo y merendar embutido: no es bueno ni para ti, ni para el medio. Si la gente comiera menos carne y fuera solo un consumo esporádico, estaría dispuesta a gastar más por tener mayor calidad”, con productos de ganadería extensiva y de proximidad, opina Cristina de Llanos.

en primer plano una ganadera de medico cuerpo y con sombrero de paja y al fondo se ven sus cabras

Cristina de Llanos con su piara. / Foto: Marta Pérez Santos

Además de la reducción del consumo, la ganadera añade que es necesario cambiar hábitos como, por ejemplo, el de comer carne de animales muy pequeños como cabrito, cordero o lechón. “Los animales que se comercializan son más pequeños por demanda de las consumidoras, pero a la gente que ha probado animales más grandes también les han gustado. No son tan tiernos, pero tienen más sabor. En países como Marruecos o Senegal, por ejemplo, se consumen animales más grandes. Todo esto es una cuestión gastronómica, cultural”, señala. La ventaja de consumir animales más grandes sería doble: por una parte, generar más kilos de carne con menos muertes; por otra, sacrificar crías con más meses de vida, que ya no tienen tanto vínculo con sus madres, para limitar su sufrimiento.

Veganismo, antiespecismo y feminismos

Sin embargo, ni Cristina de Llanos ni Merlés Martínez creen que eliminar completamente el consumo de productos de origen animal y optar por una alimentación vegana sean opciones sostenibles. Consideran que, si una dieta vegana ha de basarse en consumir productos no locales para ser equilibrada entonces no puede ser sostenible. “Si para estar sanos sin comer carne se deben consumir alimentos que vienen de la otra punta del mundo… eso no es soberanía alimentaria. Estamos vendidas como pueblo si las campesinas de aquí dejan de producir y dependemos de otros países, porque quizá cambian los precios y ya no podemos comprar comida. Se habla mucho de la soberanía y la independencia del país, pero sin soberanía alimentaria no hay soberanía. Y eso pasa por que la gente coma productos de aquí”, opina De Llanos.

Su compañera coincide: “Creo que el hecho de optar por una alimentación vegana no es sostenible. Desde el punto de vista capitalista, a menudo implica entrar en una sociedad de consumismo, en vez de intentar ser autosuficientes y batallar la soberanía alimentaria para que el pueblo haga sus propios alimentos. Respeto las opciones veganas, pero creo que, si alguien me critica porque ordeño a mis cabras, pero después compra tofu, bebida de avena, aguacates o soja, lo está haciendo peor que si consume lácteos de cabras que corren por la montaña, junto a sus casas”.

Ambas dicen que han recibido críticas por parte de organizaciones y activistas animalistas, algunas de ellas cercanas a movimientos feministas. En marzo de 2019, la organización Ramaderes de Catalunya, a la que pertenecen Cristina de Llanos y Merlés Martínez junto a otras pastoras catalanas, protestó después de que se incluyera en el manifiesto de la movilización por el 8 de marzo el mensaje de que “el feminismo debe ser antiespecista”. Las pastoras dijeron que este tipo de afirmaciones excluían de la lucha feminista a muchas mujeres rurales.

Para Marta Rivera Ferre, esta tensión entre feministas y antiespecistas es un debate “complejo y no resuelto”. “Creo que hay ciertos feminismos urbanos que tienen sus prioridades, y una forma de ver el mundo desconectada de la naturaleza y sus ritmos. Pero en el mundo rural hay una cosmovisión diferente, otros valores y otra forma de relacionarse con la naturaleza. Hay una mirada ecologista muy urbana que ve al ser humano como un intruso en la naturaleza, cuando realmente el ser humano en el medio rural es parte del ambiente. Las cosmovisiones indígenas, por ejemplo, asumen que somos un todo y tienen una relación diferente con la muerte. Las ganaderas crían corderos, ayudan a las madres a parirlos, y saben que luego irán al matadero, pero tienen una relación diferente con esas muertes”, indica.

La académica apuesta por tender puentes de diálogo entre feminismos urbanos y rurales, y llegar a entendimientos desde el respeto mutuo. “Reconocemos dónde está el patriarcado y cuáles son las estructuras de opresión del sistema, y hay muchos puntos en común para trabajar juntas. Donde no hay consenso, pienso que debe haber respeto. No estoy de acuerdo con querer imponer a unas la mirada de las otras, ni erigirse como ‘el feminismo es esto’. Tampoco con excluir a millones de mujeres indígenas y campesinas de todo el mundo que trabajan en un feminismo alternativo, y para las cuales la ganadería forma parte de la vida y de las cadenas básicas en el mundo natural”, plantea.

Discriminadas por ser pastoras

Algunas de estas opresiones patriarcales, de hecho, se ceban con las mujeres rurales y aquellas que optan por dedicarse a la ganadería. La invisibilización, el paternalismo o el cuestionamiento continuo son algunos de los comportamientos machistas que enfrentan las pastoras en su trabajo de cada día.

“Sentí muchos cuestionamientos al principio”, cuenta De Llanos. “Te preguntan qué pasará cuando tengas hijos, si vas a ir sola por el bosque… Cuando llegas a un pueblo, la gente siempre se sorprende: ‘¿cómo que eres pastora? ¿y llevas a las cabras tú sola?’. Eso cansa mucho. Cuando acabas de empezar, estos comentarios te pueden generar mucha inseguridad, y tienes que hacer un esfuerzo más grande que otra persona a quien no estuvieran continuamente cuestionando”, relata.

Otras veces, explica que lo que encuentra es un tono paternalista o despectivo por parte de algunos campesinos. “Nunca me han puesto una barrera física para impedirme entrar en un lugar, pero sí he tenido que reafirmarme cada vez que lo hacía. Un día fui a comprar balas de cebada en flor (para complementar la alimentación de algunas cabras), y los vendedores miraban mucho más a mi compañero que a mí, intentaban hacer los tratos solo con él, como si yo no tuviera ni idea… Ahora llevo nueve años trabajando en el campo, pero al principio, cuando te hacen estas preguntas, llegas a pensar que quizá no podrás”, recuerda.

cabras sueltas en el campo, en un día soledado. Al fondo se ve a la ganadera

Las cabras pastando con el perro, atento. / Foto: Marta Pérez Santos

La productora de Vacarisses también refiere algunas discriminaciones que ha vivido por el hecho de ser una mujer que trabaja en el campo. “Al principio estaba buscando trabajo para introducirme en el sector, porque quería ganar algo de experiencia antes de estar sola en una granja. Pero no había manera de que me contrataran. Quizá si ya estás en un entorno rural es más fácil, pero yo venía de la ciudad, era una mujer, y entonces me preguntaban si quería venir a limpiar las cuadras. Me dijeron que no estaba capacitada para conducir un tractor: no sabía que eso estuviera inscrito en el ADN…”, ironiza.

Cristina de Llanos cree que el hecho de que haya mujeres pastoras no debería sorprender ni llamar la atención de nadie, ya que siempre han existido. “Ahora parece que hayamos salido de golpe, pero no es así. Históricamente, las mujeres siempre han estado trabajando en el campo. Quizá tenían un rol más de quedarse barriendo el corral, cuidando del huerto, criando a los corderos y cabritos, atendiendo a los niños… y era más frecuente que fuera el hombre quien cogiera la comida y se fuese a la montaña a pastorear al ganado. Pero durante la Guerra Civil, cuando la mayor parte de los hombres estaban en el frente, no se vio que los cultivos acabaran y los animales murieran de un día al otro. Fue porque las mujeres se quedaron en los pueblos y ya tenían los conocimientos de cómo cuidar de los huertos y el ganado”, afirma.

Merlés Martínez, por su parte, lidia con los estereotipos que tienen muchas personas en las ciudades, que viven desconectadas del mundo rural. “Mucha gente ni se plantea de dónde vienen los alimentos. No son conscientes de todo el trabajo que es necesario para llenar el estante del supermercado. En el caso de las mujeres, ese trabajo es aún más invisibilizado. A mí todavía me dicen que no tengo ‘pinta de pastora’ pero, ¿qué aspecto se supone que debo tener para dedicarme al campo? Otras veces me dicen que, si soy ingeniera, por qué me voy a trabajar en esto que me da menos dinero. Podría estar en una oficina ganando 2.000 euros al mes… pero no. Lo que tengo es fe en que podamos cambiar los modelos de producción y consumo, y enfocarlos de una manera más sostenible”, expresa.

Con el fin de visibilizar el trabajo de las mujeres pastoras, organizarse para hacer frente a las agresiones y discriminaciones, y poner en común dudas e inquietudes, ambas pastoras se unieron a Ramaderes de Catalunya, que se definen como “un grupo de mujeres ganaderas con animales de pastura”. “Somos mujeres, somos ganaderas, somos pastoras. Somos madres, somos compañeras y estamos unidas. Sin pastoras, no hay revolución”, sentencian desde su perfil de Twitter.


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