Totalitarismo

El totalitarismo ya no se presenta de la misma manera. (Flickr)

En una notable reflexión el escritor Emmanuel Rincón partía de una película sobre un genocidio para preguntarse: ¿Cómo empieza a cambiar una sociedad hasta llegar a tal barbarie? ¿Cuáles son los primeros pasos en el camino al infierno? Cuando el cine nos cuenta esas terribles historias, las inicia cuando ya todo está servido para el desastre. Pero no cómo se llegó a eso. Los hutus de Ruanda no despertaron el 7 de abril de 1994 y decidieron exterminar los tutsis de la nada. Ni siquiera el poder soviético —maligno y criminal en fines y medios— se sacó del bolsillo el exterminio de kulak y el Holodomor, como un conejo de la chistera de un mago. Empieza mucho antes y de forma casi trivial.

La mayor parte de los genocidios modernos los adelantaron poderes totalitarios. Todo totalitarismo requiere de algún tipo de genocidio para establecerse, puede limitarse —hasta cierto punto— al genocidio cultural, o al exilio de millones. Pero las causas, procedimientos y fines del poder capaz de adelantar un genocidio son consubstanciales al totalitarismo. Y todo socialismo, democrático o no, moderado o no, conduciría inevitablemente al totalitarismo, en cuanto intentase materializar realmente su insensata utopía. Pero no todo genocidio es hechura totalitaria. Gobiernos ferozmente autoritarios, corruptos y con discursos políticos que manipulen el racismo y la envidia explican casos como el de Ruanda. Y sí, hay racismo —no conflicto “étnico” sino feroz racismo— entre grupos de africanos de piel negra, hutus y tutsis por ejemplo.

Las claves de lo que hace posible un genocidio, son paralelas, casi perfectamente paralelas, a las claves de lo que hace posible un totalitarismo. En las principales, son simplemente las mismas:

  1. Un núcleo organizado y motivado de fanáticos brutales, absolutamente convencidos de la verdad, bondad y superioridad moral de su causa. Con una causa anclada en los peores atavismos ancestrales de la naturaleza humana.
  2. Una masa —más o menos al 50 % de población al menos— en condiciones de escuchar y adoptar, poco a poco, las claves del discurso de los fanáticos que manipularán sus miedos y resentimientos envidiosos.
  3. Un enemigo al cual señalar, como la encarnación de todo mal, en contraste con la perfecta y absoluta bondad y superioridad moral que reclamar para sí quien lo señala.

Así se llega al totalitarismo. Y el genocidio.

Preocupante —y paradójico— porque nuestro mundo es, como nunca antes había sido, el mejor de los mundos posibles hoy. Uno que podría ser todavía mejor mañana. La pobreza ha retrocedido a una velocidad hace poco inconcebible, vivimos una revolución tecnológica que nos da posibilidades económicas y culturales para un salto de progreso humano, como no se había visto desde la revolución industrial.

Las posibilidades de la libertad nunca habían sido tan halagüeñas. Y sin embargo, justo ahora reaparecen los peores vicios políticos e intelectuales del primer tercio del siglo pasado. Occidente es atraído al nihilista rechazo de sí mismo. Y a cantos de sirenas de utopías totalitarias.

La religión en más rápido ascenso en el mundo libre —y su periferia— hoy en día, es el marxismo. No lo notamos porque entre sus dogmas está declararse ciencia, ciencia última y definitiva de la historia humana —y la realidad material del universo— con respuestas reveladas indiscutibles, con la llave del futuro profetizado. Eso, por definición, no es ciencia, es religión. Y en éste caso una religión de dogmático fanatismo, cuyo axioma moral es la envidia sobre la que construye una doble moral de feroz intolerancia selectiva y complacencia en la supuesta bondad de sus peores crímenes.

Con eso tenemos servido el primer plato. El núcleo de fanáticos organizados, ansiosos de exterminar al enemigo en el que ven la encarnación de todo mal, para creerse ellos mismos, por contraste, moralmente superiores, puros y perfectos. Tan puros y perfectos en sus fines como para permitirse los más espantosos crímenes como medios del camino a su utopía.

Y claro, el segundo plato también está la vista, por muchos años el socialismo en sentido amplio preparó el entorno de envidia y resentimiento para que cuando menos la mitad de occidente, de casi cualquier sociedad de occidente, viera en economía de mercado y los valores de la sociedad de libre, a un misterioso mal, casi una extraña forma de hechicería, a la que odiar y culpar de cada pequeña o grande insatisfacción ante la vida.

Viven en un mundo de maravillas, producto de la acción y la inteligencia humana, en un complejo e interdependiente orden espontaneo que hace posible libertad, prosperidad y diversidad crecientes, pero lo dan por hecho, como si fuera su del cielo, por soplar del viento.

Empieza cuando los malvados convencen a los idiotas —y éstos a los ingenuos— de odiar a su vecino como “encarnación del mal” y sentirse por ello moralmente superiores. Pese a encontrarse en guerra abierta contra la realidad misma. Ahí empieza el camino al infierno.

Lo único que se requiere es iniciar, desde lo casi trivial, la de deshumanización del enemigo señalado, e insistir sin prisa y sin pausa en escalarla, más y más, hasta el punto en que la mera presencia del odiado y despreciado enemigo sea repugnante y temible para los adoctrinados fanáticos. Y las masas. Ahí, todo lo que se haga contra “los malos” será bueno y justificado.

Es lo que explica por qué vimos al grueso de la prensa de occidente denominando protestas “mayormente pacíficas” al saqueo incendio y vandalismo. Justificando y minimizando los violentos ataques de fanáticos contra cualquiera que ose mostrarles que no coincide en absolutamente todo con cualesquiera insensateces y mentiras que griten.

Quienes se empeñan en proclamar a los cuatro vientos pacíficos y justos a violentos fanáticos criminales mientras con no menor esfuerzo infaman y asesinan moralmente a sus víctimas, están abriendo las puertas del infierno. Esto ya lo hemos visto antes, más de una vez y sabemos lo rápido que puede llegar a sus últimas consecuencias.

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