Parece que no se nos está permitido mostrar nuestra fragilidad.
La gente te dice que sí, que te muestres, que seas tú.
Pero si en ese ser tú hay vulnerabilidad.

La gente huye.
Huye con palabras de ánimo vacías que intentan alejar la tristeza.
Levántate, da una vuelta, todo pasa, quítate eso de la cabeza, lo que te hace falta es un buen polvo, tampoco es para tanto, hay gente peor.
Huye cambiando de tema o llevándolo a un terreno propio.

Pues a mí más, a mí también, es que a mí, a mí, a mí.
Mucha gente es incapaz de quedarse en silencio sosteniendo el dolor ajeno.
Y aunque no sea queriendo lo empeoran.
Porque te hacen sentir culpable.

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Culpable de estar mal, culpable de no poder con todo.
Culpable porque pudiendo no puedes.
Porque si estás así con lo fácil que es estar de otra manera.

Te hacen sentir que te mereces la tristeza porque estar alegre es una elección.
Y te regalan una taza de esas que pone que si lo puedes soñar lo puedes lograr.
Pero, claro.
Qué pasa cuando tus sueños están llenos de pesadillas.
Cuando no te permiten estar mal.
Porque piensa en la gente que no tiene casa.

Piensa en la gente que está enferma.
Piensa en la gente que no tiene que comer.
Piensa en la gente que no tiene tu cara, ni tu cuerpo.
Piensa en toda la gente que no tiene tu suerte.
Piensa en todo el mundo menos en ti.

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Los seres humanos tenemos derecho a sentirnos mal.
Y a expresar ese malestar.
Por mucho que el sistema quiera ocultarlo.
Quiera negarlo.
Quiera hacer ver como que no pasa nada.
Quiera vendernos soluciones mágicas a ese malestar.

A pesar de que nos quieran felices.
Tenemos derecho a mostrar también nuestra infelicidad.
Porque eso forma parte indisoluble de la vida.
Eso también somos nosotros y nosotras.

Y no querer verlo.
Es tapar.
Es meter debajo de una alfombra.
Es ignorar algo que está ahí.
Sí, también somos débiles.

Y necesitamos de los demás.
Necesitamos cuidados para sobrevivir.
Y dejar de hacernos los fuertes.
Por lo que puedan pensar los demás.