El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, llega este viernes a Marruecos en pleno pico de la crisis migratoria en Canarias, donde este año se han registrado 18.000 llegadas irregulares de emigrantes, la mitad de ellos solo en el último mes.

Por qué es importante: aunque el Gobierno español no facilita detalles sobre las nacionalidades de los llegados, se calcula que la mitad de ellos son marroquíes, por lo que la visita de Marlaska se ve como un intento de pactar con Rabat nuevos mecanismos de repatriación de sus nacionales y de estudiar cómo reforzar el control marroquí de las costas atlánticas.

La presión migratoria, que se concentraba tradicionalmente en las costas del Estrecho y el Mediterráneo, se ha desplazado hacia las costas del sur de Marruecos, y sobre todo del Sáhara Occidental, donde se han trasladado tanto los candidatos a la emigración como las mafias que los trasladan, según coinciden todos los expertos. Habitantes de la ciudad de Tánger, habitual punto de salida de la emigración, comentan a Efe que los subsaharianos que se concentraban en barrios como Boukhalef o Moghogha, han desaparecido de allí y se han trasladado a las ciudades saharauis de El Aaiún y Dajla a la espera de encontrar una ocasión para zarpar.

La misma dirección han tomado los numerosos marroquíes, generalmente muy jóvenes (entre los 15 y los 25 años) que dejan sus hogares en un año donde se ha combinado la sequía y el hundimiento económico de la pandemia, sobre todo en los pequeños jornaleros agrícolas.

El Gobierno marroquí calcula que la tasa de desempleo podría subir este año cuatro puntos porcentuales, hasta el 13% de la población, con especial incidencia en los jóvenes de 15 a 30 años, que representan tradicionalmente dos tercios del total de parados. Las estrictas medidas de confinamiento decretadas en Marruecos contra el coronavirus entre abril y junio supusieron una drástica bajada de la salida de pateras hacia España, pero en el momento en que se levantaron las restricciones, a partir del verano, se dispararon esas salidas.

Hay un detalle que convierte el control migratorio en más difícil: ya casi no se usan las potentes zodiacs para surcar el mar, sino que las redes migratorias prefieren las barcas de madera usadas por los pescadores, que pueden pasar más desapercibidas. Lo mismo sucede con los cayucos llegados a Canarias desde Senegal: son embarcaciones de pesca que se echan al mar con aparente normalidad.

Una crónica de Javier Otazu.

Benito Zambrano

Editor Jefe de Extra Venezuela