Norma Mujica, una pensionada venezolana, relata con nostalgia a la BBC que a sus 27 años contrajo matrimonio y bailaba salsa en las discotecas con su esposo. «A veces comíamos comida china en algún restaurante y los fines de semana íbamos a la playa o a pasear», cuenta.

A sus 67 años, sus días transcurren de una manera muy distinta a lo que imaginó. Su pensión, que comenzó en un monto equivalente a US$172 mensuales, solo representa ahora US$1,3 al cambio por la continua devaluación del bolívar, la endeble moneda venezolana.

Su casa, en la cima de una empinada subida mal asfaltada, evidencia que ya no es tiempo de construir, sino de sobrevivir: techo de zinc, paredes de cemento descascaradas por la humedad y decoradas con afiches de Jesús, piso con baldosas que todavía esquivan el deterioro, muebles con la madera desconchada, una vieja lavadora, cocinita a gas, cortinas gastadas.

Tras la escalada del dólar, los bolívares que recibe Norma por su pensión apenas representan US$1,3 al mes. Aparte recibe primas por antigüedad, un extra por jubilación y bonos que el gobierno reparte para tratar de aliviar el deterioro. Pero al sumar todo su ingreso puede llegar a los US$5 mensuales, que alcanzan para comprar un kilo de carne.

Entre sus prioridades no está, sin embargo, la carne, sino la pastilla que debe tomar diariamente para regular la tensión arterial.

Se las entregan en Farmapatria, el sistema del Estado para el reparto de medicinas, pero no siempre las recibe a tiempo. Por eso ahorra para esa eventualidad.

«Lo poco que me dan lo voy juntando para comprar las medicinas cuando haga falta. No me alcanza para una caja completa, pero al menos compro media caja, que trae 20 pastillas».

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Ismael Zorrilla Jiménez

Ismael Zorrilla Jiménez

Periodista. Marketing Digital. Manejo de redes.