¿Ha obtenido de verdad Trump un gran resultado? Tras las recientes elecciones de EEUU, ¿debe estar más preocupado el Partido Demócrata o el Partido Republicano? ¿Quién tiene un mayor trabajo qué hacer para convencer a una masa de votantes desencantados que no conectan con sus ideas elección tras elección? A tenor de algunos primeros análisis, especialmente en Europa, hasta uno se puede cuestionar si Trump no ha vuelto a vencer. Este propio periódico ha escrito varios análisis en esta línea: Una derrota pletórica: así volvió a reventar Donald Trump la burbuja progresista, El mito latino: lo que el mundo no acaba de entender de las minorías en EEUU, Ganó Biden, pero las encuestas se equivocaron más que en 2016. ¿Por qué?

El voto de los granjeros de Wyoming es el reflejo del fracaso de esa casta de intelectuales demócratas que presumen de leer el New York Times y no se informan por redes sociales y One America News, ¿pero a los republicanos les debe preocupar algo el haber sido barridos de la gran mayoría de las grandes ciudades? Un 82% de la población estadounidense vive en zonas urbanas. Para un republicano, que los 500 condados que votaron por Biden representen el 70% del PIB el país, mientras que los 2.400 condados que lo hicieron por Trump representen el 29%, ¿es preocupante o reconfortante? Cuando se pierde unas elecciones, recordemos que el candidato era Biden y Trump el presidente, ¿debería ser más significativo que te han votado 72 millones de personas o que has perdido por un diferencia de más de cinco millones de votos? Ordenar fracasos y éxitos en política es muy importante y ahí Trump sí que ha ganado.

Parece extraño, pero no casual, que no se hable prioritariamente del clamoroso fracaso electoral de Trump. ¿Otro candidato republicano habría vencido a Biden? No parece esto sólo un fenómeno estadounidense, sino global, que se sustenta en dos razones. Por un lado, el total control del relato que están imponiendo los populismos y extremismos en su estrategia de generar ruido. Cien tipos dando gritos en una plaza son noticia, cien mil tipos en sus casas haciendo la cena no lo son. Un presidente de EEUU que dice que le han robado las elecciones es un montón de ruido. Por otro, el seguir viendo a personajes como Trump como antisistema hasta cuando ya han ocupado el poder. El esfuerzo que se exige por entender posiciones extremas es en ocasiones proporcional al coste de dejar de entender las posiciones que no lo son.

En democracia, por supuesto, es igual el voto de un tipo informado y preparado que el de alguien sin ningún tipo de juicio crítico para reflexionar el voto. Votar republicano o votar demócrata es absolutamente legítimo, factible e inteligente, pero diferenciar manipulación de información real es indispensable. Graduar esa manipulación, también. El pensamiento actual, por ese clave control del relato, es que da igual mentir mil veces que una, se acaba bajo el prisma de todos han mentido.

Parece extraño que no se hable prioritariamente del clamoroso fracaso electoral de Trump. ¿Otro candidato republicano habría vencido a Biden?

“Vivimos en el imperio de la estupidez”, dice el filósofo holandés Rob Riemen, autor del ensayo ‘Para combatir esta era’. Esto está muy mal visto en estos tiempos de corrección popular donde todo se iguala, decirlo es elitismo y clasismo intelectual, y fustigarse por ello es uno de los vicios de las arrepentidas élites de pensamiento sobrepasadas por la verdadera ola que recorre el planeta que es el imperio de la cantidad (populismo).

Resaltar que los demócratas han fracasado en parte porque las encuestas les daban mejores resultados, más que del hecho de que por primera vez en tres décadas el presidente no ha sido reelegido, es un gran logro de Trump. Si un presidente latinoamericano anuncia que ha ganado unas elecciones en las que se están contando aún votos, pide que se detenga el recuento porque hay un fraude del que no muestra una sola prueba sólida, se declara vencedor pese a que el órgano electoral da por ganador a su oponente y acto seguido destituye al jefe del Ejército, ¿se estaría hablando de su enorme apoyo en las barriadas o favelas? Entre acercarse a entender a la otra parte y asumirla hay una diferencia.

Parece evidente que el mismo mensaje agresivo y socarrón que le llevó a la presidencia a Trump le ha costado el puesto por despreciar la más mínima clase de estrategia política. La primera es que a los muertos no se les insulta sino que se les llora, al menos de cara al público. El resultado tiene importancia por revelador: hay un límite para los presidencialismos como el de López Obrador, que receta “abrazos” en medio de una pandemia de contagios, o el presidente brasileño Bolsonaro que les dice a sus ciudadanos que “hay que dejar de ser un país de maricas” con el covid-19. EEUU, México y Brasil comparten un escenario: sus presidentes, que no paran de acaparar la información diaria en los medios, atacan constantemente a la malvada prensa (crítica, claro) que recomiendan no leer ni creer. Y de paso también comparten, por ejemplo, las altas cifras de muertes por el virus con 243.000, 97.000 y 164.000 fallecidos por coronavirus respectivamente. Primer, segundo y cuatro lugar en cifras totales de fallecidos en el mundo. Cuanto menos lea el pueblo la prensa que da esas cifras, menos se hablará de ello.

Datos y no opiniones

Los datos quizá puedan aportar claridad frente al relato del invencible Trump que ha perdido y ganado a la vez. El principal es que el candidato demócrata Joe Biden ha sacado 77,9 millones de votos y supera en más de cinco millones de votos al presidente Donald Trump. Eso ya lo consiguió Hillary Clinton, vencer en voto electoral, entonces con 65,8 millones de votos frente a los 62,9 del magnate neoyorquino, sólo que ahora el demócrata sumará previsiblemente 306 votos electorales por los 232 de Trump. En 2016, Trump, pese a tener tres millones menos de votos, consiguió 304 votos electorales y se convirtió en presidente. Su éxito acarreó un tsunami mediático de grandes epítetos que ha influido en el modo de hacer política en medio mundo y el flagelo de analistas y periodistas durante cuatro años por no haber comprendido el voto del granjero de Iowa, Kansas y Ohio. Es cierto, muchos descubrieron que nunca habían ido ni a Iowa, ni a Kansas, ni a Ohio. ¿Cuántos periodistas españoles o italianos, por poner dos ejemplos cercanos, van a comprobar con frecuencia el pulso electoral de las Arribes del Duero, el interior de Murcia, las pueblos de las montañas de Trento o el Aspromonte de Calabria?

Hay otro dato aún más significativo que cuestiona ese señalamiento a los demócratas y su incapacidad para entender al pueblo metidos en sus burbujas de Manhattan y Silicon Valley. Los demócratas han vencido a los republicanos en voto popular en 2020 y 2016 por los mencionados +/- 5 y 3 millones de votos, pero es que en 2012 vencieron por otros 5 millones; en 2008 por 10 millones y hasta en el año 2000 lo hicieron por medio millón de votos pese a también perder la presidencia. Aquellas sí fueron unas elecciones muy apretadas, donde 12 estados se decidieron por menos de un 5% de los votos y el estado clave de Florida se decidió por 500 votos. ¿Se acuerda alguien de Al Gore, el candidato perdedor que hizo un oscarizado documental medioambiental?

Los trumpistas y sus seguidores se reconfortan mirando un mapa de EEUU teñido de estados pintados en rojo que representa ese enorme espacio de terreno al que Trump sí sabe entender. Pero el mapa tiene dos matices: esos estados son justamente los menos poblados y, además, se repite al de algunos de los últimos sonoros perdedores republicanos. El Midwest es republicano antes de Trump y posiblemente lo siga siendo después de él. ¿Sin Trump de por medio había alguna opción de que Biden se convirtiera en el candidato más votado de la historia?

Eso no invalida que los republicanos y el trumpismo, como Obrador y Bolsonaro, tienen una enorme base sólida de seguidores, en ocasiones casi fanáticos, junto a un importante poder territorial.

Es legítimo, sus políticas convencen a muchos votantes, sus mensajes captan un público desencantado con otras opciones más tradicionales, pero sus debilidades populares, no las intelectuales, deben señalarse. Trump ha perdido porque el pueblo estadounidense mayoritariamente no le ha apoyado. Se ha convertido en un ‘loser’ por sus propias carencias.