La palabra «paraíso» procede del griego paradeisos y hace referencia a la imagen de un gran jardín donde el ser humano vive en armonía con su entorno. En efecto, no podemos imaginar un lugar paradisiaco sin la presencia de plantas y árboles, ni tampoco de pájaros.

Si nos apartamos de la naturaleza, lo hacemos de nosotros mismos, poniendo en peligro el equilibrio ecológico y personal. Por eso necesitamos volver periódicamente a paisajes –playas, prados o bosques– que nos deparan en cierta medida la sensación de regresar al paraíso.

Venimos al mundo con el anhelo de algo que nos falta, que tal vez tuvimos o que el misterioso destino nos deparará en el futuro. Algunos llaman a esa inquietud interior «nostalgia del paraíso».

Cierra pues los ojos e imagina un lugar feliz donde te gustaría vivir… Seguro que sin que te des cuenta una sonrisa comenzará a esbozarse en tu cara. Eso significa que, aunque no lo dirías en voz alta, también crees en la posibilidad de un paraíso.

Todos deseamos ser felices. A menudo sin saber cómo lograrlo, aprendiendo de los errores, saltando obstáculos, luchando por las personas amadas. Es difícil medir el éxito o el fracaso de ese empeño que nos parece interminable.

¿Cómo es el paraíso?

Muchas filosofías y religiones vienen a decir lo mismo con parecidas o diferentes palabras. Por eso hablar del paraíso no nos parece en el fondo algo extraño.

Un lugar de paz y armonía, donde todo tiene un brillo especial y las necesidades –si las hubiera– son fáciles de colmar. Allí no existe el conflicto o las guerras, tampoco es necesario trabajar duramente para conseguir techo o alimento, pues la propia naturaleza nos lo ofrece.

Si el edén existe, seguro que en él lo que nos une a otros seres eclipsa lo que nos separa. Hay menos egocentrismo y sentimos alegría serena. ¿Cómo encontrarlo?

En el libro del Génesis se relata de manera simbólica la creación de Adán y Eva, y su apacible vida en el Jardín del Edén en armonía con los animales. El Paraíso terrenal tenía en su centro el Árbol de la Vida, del que partían cuatro ríos que fertilizaban las cuatro direcciones del espacio. Debido, según el relato bíblico, a un pecado de orgullo, Dios se ve obligado a expulsarlos de allí.

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Ese paso del centro a la periferia existencial, de la eternidad a la temporalidad, se explica con el detalle de que son por primera vez conscientes de su desnudez (el cuerpo etéreo o luminoso se convierte en otro más denso o material). A partir de ese momento, la naturaleza se les vuelve hostil, Eva parirá con dolor, hay que trabajar para ganarse el sustento y, en definitiva, se cierran las puertas del paraíso.

Todas las tradiciones espirituales de la humanidad se refieren a una situación semejante, la pérdida de un estado primordial armónico, que sin embargo puede recuperarse, aunque no sin gran esfuerzo.

El filósofo Platón afirmaba que antes de descender al plano material nuestra alma moraba en el mundo ideal de las formas puras o arquetípicas. En la vida terrestre no hacemos sino reconocer lo que ya sabemos, sea la figura geométrica del triángulo, un árbol o la importancia del amor. También sería posible para esa alma, ahora cautiva o limitada, volver a su patria original mediante un proceso espiritual de reconocimiento (anamnesis) de su propia naturaleza inmortal.

En los textos de la milenaria sabiduría de los Vedas de la India se afirma que el universo está regido por tres fuerzas o cualidades, llamadas gunas, que explican los movimientos tanto de la naturaleza exterior como de nuestra psique:

  • Sattva (S): claridad, pureza, inteligencia, bondad, armonía. Movimiento «ascendente».
  • Rajas (R): energía, actividad, cambio. Movimiento «horizontal», expansivo.
  • Tamas (T): oscuridad, inercia, ignorancia, materialidad. Movimiento «descendente».

Esta clasificación cualitativa puede emplearse para entender el funcionamiento de nuestro organismo (los tres doshas de la medicina ayurvédica) o las diferencias en las plantas y los animales. En nuestra propia constitución se aprecian estas tres cualidades: espíritu (S), alma (R) y cuerpo (T).

No somos seres angélicos, necesitamos un apoyo material para existir. Pero sin olvidar que nuestra esencia es de naturaleza sátvica o luminosa, al igual que la del paraíso.

Así vemos que, dentro de las aves, los pájaros son en general sátvicos (aspecto inocente, alegre, sus cantos), el águila es un ave de presa rajásica y el buitre tamásico por su aspecto y actividad carroñera. Aunque esta clasificación no es absoluta: el águila se vuelve un símbolo espiritual cuando vuela majestuosa hacia el sol y el buitre conserva siempre su dignidad de ser vivo.

¿Cielo o infierno?

Los antiguos egipcios creían que el alma del difunto era pesada en una balanza por el dios Osiris y que, en condiciones ideales, debía ser más ligera que una pluma. Es comprensible que un alma sátvica ascienda hacia un lugar mejor, mientras que una tamásica vaya hacia abajo (recordemos que la palabra infierno se relaciona con «inferior» o subterráneo).

Debido al movimiento propio de cada guna, a nadie se le ocurre por ejemplo rezar mirando hacia abajo sino hacia arriba. El ser humano, eminentemente rajásico o pasional, se sitúa entre el cielo y la tierra. Por eso puede ascender o descender –como diría el humanista Pico della Mirandola– en la escalera de la creación, al estar dotado de inteligencia y libertad de acción.

Afirman las religiones que después de la muerte el alma puede pasar a un lugar luminoso y feliz (Cielo), o bien oscuro y con sufrimientos (Infierno). Esto no deja de tener su lógica, sería injusto que el destino de un asesino fuera mejor que el de quien procuró ayudar a sus semejantes.

Los paraísos celestiales no son exclusivos del cristianismo; los pueblos celtas y nórdicos tenían los suyos, al igual que el judaísmo o el islam. También el taoísmo («Islas de los inmortales»), el hinduismo (Brahmaloka) y el budismo con sus «Tierras puras», en las que alrededor de una Buda se genera un círculo o mandala paradisiaco.

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Una forma de budismo, el amidismo, está muy extendida por toda Asia y se basa en la creencia de que Amida prometió el renacimiento en su paraíso (Dewachen) a quienes tuvieran fe y recitaran su mantra (Om Ami Dewa Hri).

Alguien puede pensar, con razón, que no es seguro que todo esto sea cierto. Le preguntaron al filósofo Pascal si creía en el Cielo, a lo que respondió que era práctico hacerlo, pues en el caso de que finalmente no fuera verdad nada se perdía con haber procurado ser buena persona; y si era cierto, no habría sido en vano.

¿Y si el paraíso fuera solo una nueva mirada?

William Blake sostenía que en realidad Adán y Eva no habían sido expulsados del Paraíso, sino que su visión se había oscurecido y allí donde había esplendor tan solo veían tierra baldía. Sus sentidos se limitaron y dejaron de comprender el lenguaje de los animales y los armoniosos mensajes de las plantas. Pero el Edén continúa estando presente para quien sea capaz de vislumbrarlo.

En cualquier lugar puede detenerse el tiempo por un instante y las cosas adquirir un nuevo significado. Se produce entonces un cambio en la mirada, una metanoia.

Si bien el paraíso puede ser considerado un lugar, sería más exacto hablar de un estado de conciencia. Y aunque su plenitud pueda no estar a nuestro alcance debido a los velos (oscurecimientos kármicos) que nosotros mismos hemos ido creando, eso no significa que esté lejos y sin conexión alguna con nuestra situación presente.

El intento de crear colectivamente un paraíso en la tierra mediante la política ha tenido en la historia reciente ejemplos –comunismo, nazismo y el actual capitalismo salvaje– no solo de fracaso sino de sufrimiento humano. La explicación es sencilla, como solía decir Lanza del Vasto: «revolución sin conversión es como un agujero en el agua». El ser humano, llevado por su egocentrismo, no puede crear de forma dictatorial un sistema generoso con el bien común.

Por su parte, el uso del alcohol y diversas drogas que conducen a «paraísos artificiales» no parece tampoco un buen camino. Todo depende de la intención y capacidades personales de quien utiliza estas sustancias, así como de la cantidad y asiduidad. El vino, que alegra el corazón bebido en una fiesta, puede llevar a un infierno si se abusa de él. Las drogas naturales que en otro tiempo fueron utilizadas en círculos de iniciados, como viaje chamánico o como instrumento de conocimiento, nada tienen que ver con las peligrosas drogas de laboratorio tomadas como diversión.

Los temas capaces de devolvernos en cierta medida a un estado casi paradisiaco pueden resumirse en tres: el amor, que nos une a los demás; la belleza, que nos recuerda la armonía; el humor, que nos alegra la vida. Todos nos alivian de la pesadez del ego y nos acercan a nuestra esencia. Por eso una persona enamorada siente que el mundo es más ligero, amable y luminoso.

Según un dicho sufí, los niños vienen al mundo todavía con el perfume del paraíso. Los bebés nos cautivan con su inocencia. Por su parte, las personas ancianas también están cronológicamente más cerca de lo espiritual.

Recuerdo la experiencia de haber visitado en Ladakh (India) un lugar para refugiados tibetanos. Los ancianos estaban sentaditos en esteras y la mayoría recitando con sus rosarios el mantra (Om mani padme hum) de Chenrezig, el Buda de la Compasión. Era enternecedor verlos tan dignos a pesar de estar viejos y enfermos. Imaginé preguntarles lo que hacían, pero la respuesta era obvia: «Estamos esperando el próximo vuelo al paraíso».

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Hay destellos del paraíso en nuestras vidas, pero no siempre nos damos cuenta en ese momento. Aunque a veces lo comprendemos con el paso del tiempo, como sucede con las experiencias de la infancia. Tampoco es fácil, en medio de los problemas cotidianos, tener la actitud propicia.

Por eso el poeta y matemático persa Omar Jayam escribió estas palabras: «Cuando vaciles bajo el peso del dolor, cuando ya no te queden lágrimas, piensa en el verdor que brilla después de la lluvia. Cuando el esplendor del día te exaspere, cuando desees que una noche definitiva caiga sobre el mundo, piensa en el despertar de un niño.»

Construye tus propios momentos paradisíacos

Experimentamos a veces sensaciones que bien podemos llamar paradisiacas. Se caracterizan por despertar en nosotros sentimientos de paz y alegría interior. También de inconsciente gratitud hacia la vida e incluso de momentánea plenitud. No puede expresarse la felicidad de una madre abrazando a su bebé o el encuentro íntimo entre dos personas que de verdad se aman.

He aquí algunos ejemplos relacionados con los cinco sentidos:

Vista

Apreciar la belleza, allí donde se muestre, nos acerca al mundo espiritual. La naturaleza es el marco más esplendoroso en este sentido. También las artes visuales –pintura, escultura, arquitectura– pueden ser expresión de lo bello.

Oído

La música ha acompañado siempre al ser humano. Escucharla nos libera de tensiones y a menudo nos conforta. De modo especial, ciertas melodías del folklore de diversos pueblos evocan la nostalgia del paraíso y logran emocionarnos.

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Olfato

Los olores y perfumes van a lo más instintivo, sin pasar por la racionalidad. Nos transportan fácilmente a mundos invisibles llenos de encanto. Por eso se utilizan en las ceremonias de los templos, sobre todo en Oriente. Es el alma sutil de las plantas. Quién puede resistirse a la magia del sándalo, la rosa o el jazmín…

Gusto

Comer alimentos sabrosos es una experiencia gratificante, aunque el peligro de la glotonería existe. No por casualidad el sabor dulce es el primero que aprecian los niños y el último que se pierde en los ancianos.

Tacto

Las caricias nos hacen cerrar los ojos llevándonos a lugares ignotos y placenteros. Es bien conocido su potencial erótico, pero queremos destacar aquí el simple hecho de acariciar unas manos o un rostro en señal de amor y comprensión. Como saben poetas y científicos, la piel –aparentemente exterior– es nuestra parte más profunda.