De referentes culturales, ciberacoso y red, de ausencias y presencias va esta conversación con Roy Galán, tan íntima que casi se olvida que es entrevista. Dentro de este marco hablamos de todo a lo que le pone palabras desde sus canales en redes sociales (Instagram, Facebook y Twitter -por ahora, aunque confiesa un perfil en TikTok solo para curiosear-) y sus vertientes en formato libro.   

un hombre con el pelo largo y recogido posa en un asiento rodeado de libros

Roy Galán. / Foto: Bárbara G. Vilariño.

Roy Galán habita La Esperanza (Tenerife) y, en cierto modo, la esperanza habita en él. Escribe usando como tinta la emoción y el activismo. Gracias a su “prosa partida” se convirtió en influyente e icono de lo que nos prometieron que serían las redes sociales en su inicio: un espacio seguro donde compartir y conectar.

Su aterciopelado acento canario contrasta con el Atlántico que compartimos en una hora de café en A Coruña. Y así sigue la conexión oceánica Canarias-Galicia: “Recuerdo haber pasado un mes acampando en Carnota con mi madre y mi hermana en uno de esos veranos que pasaban a cámara lenta”.

Conecta también con CoruFest, el festival de cultura diversa que lo trae de nuevo a Galicia, y con el club de lectura LGTB Queeruña que acogen las Bibliotecas Municipales de A Coruña, donde dialoga con sus integrantes sobre los referentes en los que reflejarnos. Es una persona que ata lazos con un hilo fino allí donde recala. Y así constatas lo físico y real en lo que él escribe tras una pantalla.

«Me critican por escribir sencillo»: sobre la esencia de Roy Galán

¿Cómo usas la cultura pop o los programas de televisión para tratar con esa aparente sencillez temas profundos como la identidad o el amor romántico?
Es que siento la escritura como un artefacto político. Escribir sencillo, algo que mucha gente puede criticar, es una decisión política. A mucha gente le da pudor usar los iconos mainstream y pienso que, en realidad, con ellos vamos a llegar como nunca.

No me interesa alcanzar a quien ya sabe de lo que estoy hablando y que se reafirme en ello. Quiero que alguien que no se había planteado nada sobre su identidad o los modelos de relación que reproduce llegue a hacerlo a través de una foto de ese programa, y que de pronto una chispa se encienda y lo comente con su madre, con su hermano… que surja debate y reflexión.

Dices que te critican por escribir sencillo, como si la síntesis no fuese una habilidad en sí misma.
Para escribir sencillo he tenido que dedicarle muchas horas a ese texto, además de mi formación previa en creación literaria. Parece que me estoy inventando la realidad a medida que voy escribiendo, pero eso tiene detrás unos andamios que luego retiras para dejar ver la obra. Y más allá de la forma, resulta que me encanta leer sobre género, y luego puedo aplicar cosas que he leído a, por ejemplo, el programa de televisión La isla de las tentaciones.

Y es que además de la forma, como subrayas, está el contenido.
Tengo mis conflictos con eso: ¿hasta qué punto está bien hablar de una cuestión u otra? Porque cuando pones el foco en un sitio también significa que dejas algo en la sombra. Y, a su vez, dice mucho de eso que estás dejando invisible. En concreto, me interesa rescatar los relatos de alegría y de placer, como plantea Ana Requena en Feminismo vibrante.

Pienso que me gusta tanto leer sobre feminismo porque para la sociedad mi madre era una zorra -por lesbiana, enferma de VIH, vivir al margen de los estándares de la época…-, y el feminismo me recuerda que no, me da herramientas para quitarle estigma a mi madre. Y qué bonito hubiese sido tenerlas estando ella de cuerpo presente.

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Soy hijo de dos madres lesbianas. Me criaron dos mujeres que se amaban y se deseaban. Me gusta incidir en el aspecto del deseo porque parece que si romantizamos las cosas se «aceptan» mejor, que si hablamos de quererse y obviamos el placer le quitamos «lo sucio» entonces todo el mundo lo entiende. Pero si hacemos eso le restamos la subversión implícita de los cuerpos. Porque entonces el relato que se impone es el de las dos amigas, las dos compañeras de piso, las dos ancianas que se hacen compañía. Yo no soy hijo de dos alumnas de quinto curso o de dos viudas que recogen a un huérfano y se dedican a cuidar de él juntas porque no tienen nada mejor que hacer. Soy hijo de dos mujeres que follaban. Y si alguna persona ve un problema con el hecho de que dos mujeres disfruten la una de la otra lo que tiene esa persona es un importante conflicto con la vida. Mis dos madres no se escondieron nunca de nadie: fueron completamente visibles. Y se lo pusieron bastante difícil a veces. Dudas, pensar que había algo malo en ellas, algo enfermo que podía ser curado, insultos, misoginia, ser increpadas o cuestionadas: A saber cómo va a salir ese hijo. Todo por no ser heterosexuales como si fuera obligatorio serlo. Soy hijo de dos mujeres valientes que defendieron lo que sentían por encima de lo que absurdamente se esperaba de ellas: que fueran otras personas. Y cuando me preguntan qué significó para mí todo esto siempre respondo que mis madres me enseñaron a adentrarme en la realidad con magia. Me dieron ese amuleto que supone haber visto, vivido, escuchado y sentido qué significa la diversidad. Y cada vez que alguien decía qué eran las lesbiana y enseñaba una imagen pornográfica o hablaban de ellas como si fueran extraterrestres. Yo sabía lo ignorantes que eran y que la «normalidad» era una trola inmensa. Mis madres quitaron malas hierbas de un precioso camino con sus besos. Me abrieron el mundo con las manos desde el sillón de nuestra casa. Esa en la que crecí sin juzgar y en la que observé lo que suponía hacer música desde la libertad. Tan alta y tan alegre. Que fue imposible escuchar. El ruido de los demás. . . 📸 La Belle Saison.

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Hay mucho más que feminismo en tus textos.
Una vez que te pones las gafas moradas ya no puedes mirar hacia otro lado. Yo analizo la realidad con perspectiva de género, es algo que tendría que hacer todo el mundo. Me enseña y enseña cosas de nuestras incoherencias, de lo que queremos ser y de lo que no. Y al hablar de las mujeres también estoy hablando de los hombres, de las personas oprimidas.

«¿Dónde están los ensayos de hombres sobre hombres?»: sobre las ya-no-tan-nuevas masculinidades

Aún no hemos sacado el “nuevas” de masculinidades. ¿Te gustaría pensar que hay un trabajo activista progresivo, que hemos avanzado?
Creo que hay un trabajo de redes muy importante que está masajeando algo, y que al final tiene una respuesta. Yo sé que las palabras cambian el mundo, pero tienes que estar dispuesto a escucharlas. Gracias a leer he descubierto que mi realidad era mínima, y todo lo he descubierto a través de la emoción, que es con lo que trabajo. Quiero decir que cuando algo te emociona probablemente te cambie la perspectiva.

Con las personas socializadas como hombres resulta más difícil porque están muy a la defensiva. Y eso que internet ha permitido acceso a muchas maneras de pensar, pero eso es algo que no ha ocurrido con los hombres. Hay un prototipo que está profundamente ofendido por el hecho de que se les estén cuestionando cosas, y esa rabia es capitalizada por la ultraderecha. Desde luego hay hombres que sí están por la labor, pero les cuesta desprenderse de muchas cuestiones porque no han sido enseñados a sentir y no interiorizan.

¿Qué modelo de masculinidad está marcando camino?
Quiero pensar que las masculinidades queer están haciendo mucho por cuestionar qué es ser hombre, la brecha de verdad la harán las masculinidades trans y disidentes. Y lo sostengo porque esos cuestionamientos provocan reacciones más violentas a través de acciones transexcluyentes.

Por otra parte, me pregunto dónde están los ensayos de hombres. Ellos cuando tienen que hablar desde un lugar académico se van a la trampa de la diversidad o cuestiones de ese estilo para descubrirnos que estamos equivocadas. ¿Y la paternidad? No lo planteo desde de un punto de vista científico o académico. ¿Dónde está un ensayo de un padre? No les interesa porque no les da prestigio, porque está vinculado a lo íntimo y a lo privado. A mí me preocupa que no haya discursos de hombres cis, blancos, heteros… hablando de cómo sienten el amor o el duelo, por ejemplo.

un hombre con el pelo largo y suelto y con abrigo posa en una biblioteca, lleva mascarilla

Roy Galán, con mascarilla. / Foto: Bárbara G. Vilariño

¿Cómo redirigimos el relato de las masculinidades?
Igual que en el feminismo hay que medir cuánto hay de terror, cuánto de placer, cuánto de diversión, cuánto de dolor… que no todo el relato puede ser terrorífico, como decía Ana Requena. Con las nuevas masculinidades pasa igual, que no sea una bronca tan tremenda, que en el otro lado los quieren acoger con los brazos abiertos.

Por eso hablo de las crisis de los 40. Que si le pasa a todo el mundo será algo estructural, ¿no? Que al final siempre estamos alejándolo todo de nosotros mismos: está loco, es tonto… Vamos a ver por qué los hombres al cumplir 40 se compran un coche más grande, tienen una novia más joven… Como lo masculino está unido a la inmortalidad y lo femenino a lo finito y a la fragilidad: ellos corren a 240 por hora porque no se van a morir.

«Nombrar la ausencia y la muerte produce consuelo»: sobre cómo verbalizar el tabú para romperlo con palabras

Escribes bonito, pero tras las palabras hay mucho dolor. Has trabajados las ausencias, las rupturas… y todo ello desde una visión fuera de lo trágico.
En un momento dado descubrí que tenía que colocar la muerte de mi madre en algún sitio. Ha sido la única posibilidad para que las cosas que iban a desaparecer no lo hicieran del todo, porque las personas se van, ese dolor existe y tienes que repelerlo. Me preguntaba: ¿y no se puede hacer nada más? ¿Lo único que te queda es la ausencia? Con la ausencia se puede construir.

Cada vez que hablo de mis ausencias me gusta pensar que lo que estoy verbalizando es ese hecho de que no se va nada del todo porque yo sigo aquí. Y creo que es la única manera, cómo no hacerlo si lo que yo sé es juntar palabras. Produce consuelo nombrar la ausencia y la muerte. Esto sigue siendo un tabú porque la enfermedad y la muerte son improductivos para el capitalismo. La gente necesita ponerle nombre al vacío. Es algo que me agradecen muchísimo y que me parece de lo más reconfortante que me ha pasado.

Cuando hablas de tu madre completas su figura como una mujer que deseaba a otra mujer, visibilizando ese deseo de manera muy consciente.
Tengo este altavoz y pienso que así todo entra mejor. A la gente le gusta el hecho de que “escribo bonito” y de repente ven que ese chico que les gusta tanto tuvo dos madres. Eso ya es una pregunta a esas personas que tal vez no se hubiesen acercado a esa realidad. “Entonces… no crían monstruos, no son monstruos”. Lo recalco con el deseo porque muchas veces los discursos tienden a estar vinculados solamente con el amor, cosa que entiendo porque a nivel estratégico es un caballo de Troya para entrar en la normalidad: ames a quien ames, te amamos… pero, ¿y si no amas a nadie? Esto tiene que ver también con los deseos, con cosas que no son válidas o aceptables para la sociedad: acepto que la ames pero no que te la folles, porque eso ya me produce aversión.

No se tiene que estar pidiendo todo el rato permiso para existir, no tengo que gestionar la repugnancia del otro. En el feminismo transexcluyente también hay esa aversión a lo monstruoso. Se camufla con millones de teorías, pero es lo monstruoso lo que subyace.

Somos incapaces de asumir que el otro existe con sus deseos e identidades. Las mujeres trans lo están haciendo todo el rato, y es que la identidad no es cuestión exclusiva de este colectivo, es de todas las personas, solo que estamos poniendo sobre elles la carga todo el rato. Nos están enseñando a ser uniendo algo tan difícil como es el corazón con la cabeza, que eso no lo hace otra gente que tiene la suerte de ser leída tal cual es.

Defines tu juventud como un camino hacia encontrar la esencia: naciste como Roi gallego pero en el registro decidieron reasignarte con “y” en lugar de “i”, durante tu adolescencia fuiste otro… ¿Cómo volviste a ti mismo?
Cuando descubrí que toda esta masculinidad que se dirigía contra mí por tener pluma, por jugar con muñecas… pensaba que el problema estaba en mí, así que me convertí en el chico más neutro que podía ser (misma ropa, mismo hablar…). Tuve que performar ser el hombre que querían que fuese para no sufrir más, para no ser diferente. Pasé tan desapercibido que me olvidé de quien era: me olvidé de que escribía, estudié Derecho, trabajé 11 años en la Administración… hasta que me despidieron y ya volví a tener tiempo para pensar en quién era y lo que realmente quería hacer con mi vida.

«El patio del colegio ya no se acaba nunca»: sobre redes sociales, ciberacoso y ciberespacios seguros

Tenemos un arma de doble filo en las redes sociales: por una parte, alojan espacios seguros y por otra da manga ancha al odio. Pienso en los últimos casos de suicidios de adolescentes por ciberacoso…
El patio de colegio ya no se acaba nunca, porque internet es un patio virtual, y ahí sucede todo lo maravilloso y lo peor. Al final creo que todo el acoso tiene que ver con la sensación de impunidad. Hay que hacer ver que no se puede decir cualquier cosa, y no creo que la vía punitiva sea la mejor opción, habrá otras formas educativas de hacerlo. Ponerles un espejo hace mucho, que vean cuál es el efecto de eso, se puede teatralizar a través de la cultura, escribir libros y enseñar el efecto que tiene en el otro lo que están haciendo. Que no es otro, que somos nosotres.

Si hemos construido un mundo en el que alguien tan joven piensa que lo mejor es morir creo que tenemos que cambiar muchas cosas. Eso va desde las casas, lo que hacemos en internet o las políticas que validan según qué discursos. El otro día compartía algo que vinculaba la rabia masculina con la ultraderecha y me decían que no politizase el asunto. Qué mal estamos para que nos hayan convencido de que no se puede hablar mal del fascismo. Está esa despolitización de todo, la gente no vive el mundo sin lo político, y todo lo es, hasta los cuerpos.

E incluso el defecto de vincular el feminismo como algo solo perteneciente a la izquierda, haciendo que otros espectros políticos no se sientan llamados a participar.
En la izquierda también hay que repensar qué estamos haciendo mal para que las personas piensen como un ataque los derechos y las políticas sociales. Serán más o menos efectivas, pero que tengan carácter negativo… Y esto lo ves en redes sociales. No se puede poner un freno al odio, pero sí se puede enseñar qué efecto tiene en los cuidados, que es fundamental, y sobre todo cuando hay una separación física como una pantalla, que da impunidad.

Las personas cis hetero no se sienten llamadas en su mayoría por el discurso feminista, sin embargo, cuando comentas programas como La isla de las tentaciones por los comentarios se aprecia que tocas en algo que escuece: pareja monógama, identidad…
Aprendo un montón con esos comentarios. Les mueves un poco el suelo cuestionando la estructura y ese sistema que al final beneficia a los de siempre: el capitalista. Si arañamos un poco vemos que beneficia a una forma de consumir y producir en la que los cuidados están relegados e invisibilizados.

Si al hombre cisgénero, clase media, blanco… no le ha pasado algo grave, un duelo o un quebranto al final parece que su vida ha sido un tobogán. Ese privilegio es muy difícil de desmontar porque su identidad se ha construido bajo la opresión. No es una lucha contra él, es una lucha contra lo que eso representa para las personas, el medio ambiente, los animales… Cuando desvelas la performatividad, el engaño y que ser hombre es un invento, a estos chicos les estalla la cabeza. ¿Cuánto daño has hecho y te has hecho para que nadie te pudiera llamar mujer? No dejarte vivir, experimentar, hablar… Hacer daño para demostrar que podías hacerlo, es una cárcel al final.

Que da igual lo que yo diga de La isla de las tentaciones, mi post es una excusa para que todas las mujeres se expresen, y ves que todas dicen “a mí también”. Pues será que todos los hombres son así, ¿no? Y qué alivio para todas las partes el comprenderlo, son las herramientas que proporciona el feminismo, la posibilidad de unir los puntos.

«La cultura nos da la posibilidad de echar raíces y florecer»: sobre el germinar de la cultura segura

Vienes a romper también el concepto de literatura tradicional.
Es que me odia todo el mundo en la cultura. Soy muy incómodo por muchas cosas. He hecho un ejercicio de luchar contra mi necesidad de prestigio. Llega un momento en el que tengo que decidir qué tipo de escritor quiero ser. Yo me he formado, he estudiado creación literaria y he sido profesor. Vaya, que sé escribir párrafos, porque hay gente que lo duda. Me hace gracia que no sepan ver más allá de la forma. Saramago no usaba puntos y no veo a nadie diciéndole que no sabía escribir.

Mi pensamiento en internet ha ido adquiriendo esa forma, que creo que funciona muy bien a mi mensaje. La forma debe estar supeditada al fondo. El fondo es que se lea más sencillo. Yo necesito silencio, y el silencio en la escritura son los puntos y aparte.

Lo hago gratis y hago de espejo para muchas cosas. La cultura siempre ha sido una forma de poder que ha sido sustraída de la gente para luego dosificársela a través del aplauso y del reconocimiento, solo para que lo entendieran unos pocos. Y cuanto menos lo entiendan, más listo soy. A mí eso no me interesa, pude haberlo formado parte de eso porque estuve dándole vueltas a mi primera gran novela y dije que no quería hacer eso con las palabras. No lo censuro, solo analizo cómo se distribuye ese conocimiento a través de la cultura.

Yo quería que lo entendiera todo el mundo, que se emocionase alguien con 13 o con 65, mostrar que somos lo mismo y que bebemos de los mismos lugares y ya está. Eso lo hago gratis y en un sitio tan superficial como son las redes sociales, es como si estuviera escribiendo con caca en la puerta de un baño. Pues incluso ahí se pueden conseguir cosas.

La cultura está en una encrucijada tras haberse demandado y consumido a raudales -e incluso gratuitamente- durante el confinamiento de comienzos de 2020. ¿Cómo la reflotamos ahora?
Se habla tan poco de la cultura… y cuando se hace es para decir que las cosas se están haciendo bien con la crisis sanitaria. Nunca se habla de los teatros, pero ahora sí para cerrarlos y mostrar que somos diligentes. Sin embargo, en los trenes o aviones vamos pegados.

La gente tendría que entender cómo la cultura influye en su día a día, ver cómo nos construye y lo que nos está cuidando: esta obra de teatro, este disco de música, este libro… Hay que hacer entender que eso conforma sus identidades, nos hace más empáticos y más libres. La gente demandaba la cultura durante el confinamiento, pero no se ha sentido que está en todos lados y que la necesitamos. La gente está llena de cultura y no lo sabe.

No será por métodos para patrocinarla.
Yo regalo cultura siempre que puedo a través de mis redes sociales: entradas de teatro, de cine… Y lo hago porque quiero devolverle a la cultura lo que me ha dado. Sería otra persona sin ella. La cultura te da la posibilidad de no solo pasar por el mundo como algo que rueda sin más, te da la posibilidad de poner los pies en la tierra, crear raíces y florecer.


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