Las elecciones bolivianas de este domingo son parte de un tránsito más complicado de lo que se presumía después de la renuncia de Evo Morales, consecuencia de una gestión de casi catorce años cada vez más autoritaria y un tercer proceso reeleccionista que fue fraudulento desde su origen y que tras varias semanas de protestas le hizo perder el respaldo militar.

Se anticipa que los resultados de la elección de hoy llevarán a una segunda vuelta a finales de noviembre entre el candidato apoyado por Morales desde su exilio argentino, Luis Arce, y el candidato que le disputó la reelección hace un año, Carlos Mesa. La concentración de las preferencias en esos dos nombres -luego de que renunciaran a sus candidaturas la presidente interina Jeanine Añez y el expresidente Jorge (Tuto) Quiroga- se traduciría también en la configuración de un polarizado contrapeso legislativo en la Asamblea Legislativa Plurinacional. Adicionalmente, con los antecedentes de hace un año, la actitud de Morales y su partido -de desconocer el fraude de entonces, sostener que hubo un golpe de Estado y alentar la desconfianza en las elecciones de hoy si no les da el triunfo- más los errores políticos en la gestión interina de Añez, dan para pensar que un triunfo con escaso margen, tanto más si el escrutinio se hace lento, alimentará las tensiones acumuladas y alentarán un nuevo ciclo de inestabilidad política, de tan frecuente y larga presencia en la historia política boliviana.

La renovación parcial de las autoridades electorales y la presencia de observadores internacionales independientes muy respetables son contribuciones fundamentales para disminuir el riesgo de que tal escenario se materialice. Sin embargo, pareciera que lo crucial es un esfuerzo político interior extraordinario por recuperar para la consulta electoral la confianza en la representación, no solo de los ganadores sino de todos los bolivianos. Tan fácil de decir como difícil de hacer a la luz de la historia más y menos reciente a cuestas.

De la situación boliviana y su oportunidad electoral hay varias reflexiones que tienen interés más allá del altiplano, muchas de ellas ya presentes en la literatura sobre transiciones a la democracia y sobre aprendizaje democrático que, como todos los aprendizajes, requiere desarrollo constante.

Las elecciones libres e internacionalmente observadas son un momento fundamental para la construcción de democracia en Bolivia, pero insuficiente. Para que su efecto sea sustantivo tienen que ir acompañadas por compromisos jurídicos y políticos nacionales e internacionales que den confianza en sus resultados y que comprometan a los elegidos -sea que a la presidencia o a cargos legislativos- a cumplir con sus mandatos constitucionales, que incluyen la preservación del estado de derecho, la representación de la pluralidad y la rendición de cuentas.

Frente a un gobierno autoritario o inmediatamente después de su salida, es tan difícil como necesario encontrar el equilibrio entre lo que se debe recuperar, lo que conviene preservar y lo que debe cambiarse en políticas, en cargos y relaciones internacionales. El desafío es impulsar una transición sostenible y gobernable en el tiempo, sin perder de vista las demandas sociales, todo ello en medio de la presión política, interna y externa, de los desplazados del poder. Y, también pensando en Bolivia, todo esto vale igualmente ante la eventual pérdida de la elección presidencial por Mesa, cuyos apoyos no deberían desaprovechar la oportunidad de fortalecerse desde el ejercicio legislativo y de la política en instancias regionales y locales.

En fin, el reto boliviano pudiera ser el de una suerte de “realismo democrático”: que sepa unir, diversificar y organizar sus bases y recursos de poder a partir del terreno ganado en estas elecciones, para defender la plena vigencia del Estado de Derecho y sin perder de vista que sus medios deben guardar coherencia con sus propósitos de recuperar la democracia.

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Benito Zambrano

Editor Jefe de Extra Venezuela