Lo último de nuestra serie de escritores que destacan películas subestimadas es una recomendación para un documental mexicano compasivo.

Diosas del escenario y la pantalla, las vedettes o showgirls mexicanas de los años setenta y ochenta fueron la encarnación del ideal de belleza femenina y el talento versátil de la época. Cantaron, actuaron, bailaron y se desnudaron para sus fanáticos clamorosos noche tras noche con abandono. Llevando vidas de deslumbrante opulencia, libertad sexual e indulgencia excesiva, estas mujeres fueron estrellas de rock de su época que se deleitaron con su éxito ganado con tanto esfuerzo y se volvieron atemporales.

Pero envejecer significa aceptar que lo que una vez fue ya no es. Eso no quiere decir que los mejores días de uno se hayan ido, sino recordar las glorias pasadas con un cariño nostálgico mientras tratamos de esculpir nuevas para quienes somos ahora. En el documental de 2016 de la directora María José Cuevas Bellezas de la noche (Bellas de noche), cinco de esos artistas de renombre, ahora en sus 60, cuentan con sus carreras disminuidas, sus decepciones personales y la posibilidad de un futuro. ¿Qué comienza como un «dónde están ahora?» La visita a un capítulo pasado de la historia del entretenimiento mexicano resulta en una meditación reveladora sobre el envejecimiento y la naturaleza fugaz de la fama.

Cuevas los presenta en su apogeo. Los clips de archivo de sus apariciones en televisión y cine los muestran con atuendos reveladores coronados con tocados imponentes. Más tarde, el director les filma en su estado actual bailando en sus propias cocinas y salas de estar, para momentos mágicos de vida doméstica llena de glamour: quiénes eran y quiénes están convergiendo dentro del marco. Frente a la cámara de Cuevas las coristas cobran vida, a veces desenfadadas, otras en poses llamativas, pero siempre con absoluta franqueza. Ya no hay lugar para medias tintas.

Nadie está preparado para el inevitable costo físico que nos cobran los años, especialmente aquellos para quienes sus cuerpos voluptuosos y rostros radiantes funcionaron como sus atributos más rentables. Sin embargo, como las que cuelgan en el firmamento, estas estrellas están decididas a arder lo más lentamente posible. A pesar de la confianza exterior, su miedo a ser poco atractivo está latente. Los vemos tratando de preservar su apariencia lo más joven posible: los regímenes de cuidado de la piel, el ejercicio diario y los procedimientos cosméticos dominan las rutinas.

En su mayoría lejos de las luces incandescentes del mundo del espectáculo en estos días, la industria obsesionada con los jóvenes los ha relegado a la oscuridad, estos artistas tentadores han asumido otros intereses para, con suerte, reevaluar su valor más allá de su carne y vasos sanguíneos.

Olga Breeskin, primera violinista antes de hacerse un nombre en los clubes nocturnos, se ha volcado al cristianismo evangélico en la comunidad latina de Las Vegas, Nevada. Mientras tanto, Wanda Seux, nacida en Paraguay y que murió el mes pasado, pasó sus últimos años luchando por los derechos de los animales en medio de su batalla contra el cáncer. En una de las escenas más electrizantes del documental, Cuevas es testigo del manifiesto en cámara de Seux que promete que ha derramado sus últimas lágrimas en este mundo. Sus ojos arden con una furiosa sensación de empoderamiento y máximo desafío.

Rossy Mendoza, figura de las comedias eróticas de México conocidas como “cine de ficheras”, ha escrito un libro sobre metafísica. Luego está Princesa Yamal, una vez encarcelada por su presunta participación en un robo al Museo Nacional de Antropología de México (un hecho examinado en la película de ficción Museo, que también produjo Cuevas), quien encontró consuelo en su hija. Y Lyn May, conocida por presumir de sus habilidades para hacer el amor, vive contenta con su séptimo marido. Finamente observados, los segmentos de entrevistas intercalados que nos permiten adentrarnos en sus deslumbrantes universos, colocan a las ex divas no en un estudio prístino sino en espacios con íntima relevancia para cada uno.

De ninguna manera derrotista, pero tampoco triunfante sin reservas, Bellezas de la noche es tanto un tributo a las damas que solían iluminar las carpas, como crítica al mundo que alguna vez las deseó y ahora las descarta. La mirada compasiva de Cuevas inyecta a sus sujetos, a través del mero hecho de que ella se preocupa por sus historias de una manera no explotadora, con renovado orgullo. Es un reconocimiento de que cualquier parte que tuvieran en el disfrute colectivo de la audiencia importaba, pero lo más importante es que ellos, con imperfecciones y todo, siguen siendo importantes hoy como personas y no solo como un producto con fecha de vencimiento.

Los recuerdos no son suficientes para vencer la oscuridad que asola la mente, eso está claro, pero a veces su presencia es el único faro. “Gracias por recordarme”, dice Princesa Yamal cerca del final del camino. Su sincero agradecimiento a Cuevas, a todos los que miran, explica que no hay peor castigo para quienes sobrevivieron de los aplausos que el olvido. Exuberantemente, estas bellezas disfrutaron de los placeres y vicios de este plano mortal, y aunque algún día lo dejarán, al menos a través de la película brillarán eternamente por quienes realmente son, completos.

  • Beauties of the Night está disponible en Netflix en EE. UU. Y Reino Unido.

Editor Jefe de Extra Venezuela