Me tocó de nuevo recorrer el tortuoso camino para echar gasolina; esta vez salí convencido de que nadie se atrevería a contrariar una orden tan diáfana, explícita y tajante como la que formuló la noche anterior el Ministro de Petróleo en cadena nacional garantizando combustible para todos; tanta autoridad y firmeza avivó la esperanza de que mi pequeño Spark por fin saciaría su sed de carburante. Me levanté a las 4 de la madrugada y salí optimista esperando que  la cola al menos no fuera tan grande, optimismo que se desinfló abruptamente ante la inmensa y kilométrica fila de vehículos que me antecedían; pasan las horas y a las 2 p.m. con la llegada del cisterna todos se alegran e inmediatamente cesan los rumores, “ya llegó, hoy echamos gasolina” todos exclaman, pero la alegría duró poco o nada, desafortunadamente para todos nosotros, los militares y el propietario de la estación decidieron no abrir porque era muy tarde.  nadie informó, nadie respondió; nadie rindió cuentas; retorno sin gasolina y sin una respuesta que al menos satisfaga la curiosidad de saber  porque tanta ineptitud, mediocridad e indolencia; otra vez me conformo como todos los afectados en regresar a casa con lo único seguro; el terminal del numero de la placa que permitirá la próxima semana un nuevo intento y aunque en cualquier país del mundo la inobservancia y desacato de la decisión de un funcionario de tan alta jerarquía comporta por lo menos la destitución de quien contumazmente no cumple la orden;  el hecho cierto es que en el Zulia los empleados de PDVSA, los militares que resguardan la estación de servicio, el  propietario y hasta los bomberos le bailaron el indio al ministro(*).

Lo anterior expuesto grafica lo que en Venezuela ha sido una constante desde que somos república. Se trata de un tipo inveterado de comportamiento que parte de la repulsión a servir y ser útil al otro, conducta exponencialmente agravada en tiempos de revolución y que se ha venido consolidando como una forma de vida entre los venezolanos, una suerte de pecado capital a la venezolana que se extiende paulatina y peligrosamente a otros sectores. Ya no solo es el estado y sus funcionarios carentes del ánimo de servir al otro los que agravian y no dan ningún tipo de respuesta, muchos son los particulares que han entrado en la onda de trepidarse en la madre a los ciudadanos; los bancos, los comercios, las telefónicas, etcétera, no hay forma ni manera de lograr atenuar el maltrato proveniente de estos sectores; y aunque el origen de tan inusual manera de comportarse por lógica racional no puede ser genético, lo que está claro es que definitivamente es un tema cultural quizá herencia directa de la omnipotente y atorrante  casta de caudillos que nos han gobernado.  

Todos sabemos que la denuncias que se formulen en la mayoría de los casos permanecerán anestesiadas en los archivos del organismo que las reciba, por ello la solución pasa por reconocer que tenemos una institucionalidad cuyo contenido funcional está profundamente desvaído, lo que hace prácticamente imposible hacer los correctivos del caso; pero mientras tanto, lamentablemente seguiremos en el baile del indio.  

(*) En el lenguaje típico del barranquillero y del costeño caribe en general, la expresión ‘bailar el indio’ se utiliza cuando a un asunto se le empieza a dar vueltas y no se le da solución por parte del responsable a quien está interesado en dicho asunto. (Tomado textualmente del Periódico el Heraldo de Colombia).

 

Vicente Rafael Padrón|Abogado|@_vicentepadron

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Allynexis Pérez Páez

Allynexis Pérez Páez

Escribidora.