Es “un quilombo bárbaro” de política internacional, como diría un porteño; sucede en Argentina en estos días, y, (cuando no es Pascua en diciembre), involucra al régimen de Nicolás Maduro. La posición de Alberto Fernández se tambalea y deja al descubierto las costuras de un Gobierno, el argentino, pegado con chicle, en el que Cristina Kirchner quiere mandar y, por supuesto, contemporizar con el chavismo. 

En los últimos dos días, refleja Infobae, el Gobierno de Fernández ha enfrentado presiones tremendas, de su sector radical, que no viene del peronismo sino de la izquierda, y del ala de CFK, quien, por supuesto, tiene una enorme simpatía a Nicolás Maduro.

Un embajador de Alberto Fernández que anda de su cuenta 

Las tensiones vienen desde el 28 de septiembre, cuando se discutió en la OEA el informe de la misión de verificación de hechos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que acusa a Maduro y su régimen de cometer crímenes de lesa humanidad. 

La posición de Carlos Raimundi, embajador de Argentina en la OEA, fue tan extrema en favor del régimen de Maduro y tan alineada con este, que Felipe Solá, canciller argentino, se vio obligado a decir que fue “personal”, como si en algún momento de la Historia esto le hubiera estado permitido a los embajadores. 

Solá, y posteriormente Alberto Fernández, se vieron obligados a aclarar que, en efecto, seguían considerando a Venezuela como una dictadura, y a recondenar (si tal palabra es posible, condenar dos veces) al régimen de Maduro por los crímenes de lesa humanidad de los que acusa el informe de la misión de verificación. 

Piqueteros y madres de plaza de Mayo meten presión

Pero las gotas que en realidad rebosaron el vaso se produjeron este miércoles, cuando desde los piqueteros y las madres de plaza de Mayo se ejercieron presiones que estuvieron combinadas con las que, según Infobae, aplicaba el propio régimen venezolano contra la posición de Alberto Fernández para que no votara a favor del informe que también condena por violaciones de derechos humanos a Venezuela, el de Michelle Bachelet, alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. 

Mientras el líder “piquetero” Luis D’Elía (que viene saliendo de prisión) señalaba que “un pajarito” le había contado que Fernández sostendría una reunión telefónica con Maduro para aclarar la posición argentina (obviamente en favor del régimen venezolano), Alicia Castro renunciaba a la embajada de Argentina en Rusia, sin que todavía se la hubieran entregado, señala el periodista Esteban Trebucq, consultado por Caraota Digital para esta crónica. 

Hay que recordar que Alicia Castro era la embajadora oficial de Argentina en Caracas cuando la revolución bolivariana era una pila de agua bendita en la que todo el mundo metía mano. Los años de la “valijagate” y los años en los que Julio De Vido, también imputado hoy por la justicia argentina, era una suerte de embajador paralelo. 

Lo de Alicia Castro con Hugo Chávez fue tan intenso que se rumoró, también intensamente, sobre una relación sentimental entre ambos. Ella le organizó la multitudinaria concentración de Mar del Plata, en 2005, durante la IV Cumbre de las Américas, que fue definida como “el entierro del ALCA” (Área de Libre Comercio de las América). 

Los Rodríguez se encadenaron por Whatsapp

Solá, al tiempo y según reseña Infobae, estaba recibiendo mensajes de Delcy y Jorge Rodríguez, presionándolo para que Argentina no votara a favor del informe de Bachelet, e incluso calificándolo de “traidor”. 

Según sigue contando el portal, Fernández, Solá y Gustavo Béliz, asesor estratégico de la presidencia, se reunieron en la intimidad en la Quinta de Olivos, residencia presidencial, y acordaron no moverse un milímetro de su posición. 

El resto es historia: Hebe de Bonafini pedía “disculpas a Maduro”, ratificando que si alguna vez defendió los derechos humanos, eso dejó de suceder hace mucho tiempo. Y el Gobierno de Fernández, navegando entre varias aguas, votó a favor del informe de Bachelet, mientras le decía a los Rodríguez que seguía estando en contra de las sanciones, pero violación de los derechos humanos es violación de los derechos humanos.

Y le tiraba, mientras, una carantoña a EEUU, que tiene prensado al Gobierno argentino en sus duras negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. 

Y otra a Castro, a quien le pidió, justo este jueves, que asuma la embajada de Argentina en Rusia como se lo habían ofrecido.

Y todavía una más a Raimundi, quien tras expresar su “posición personal” en el foro de la OEA, fue ratificado como embajador. 

No lo llame peronismo, llámelo populismo

Trebucq sostiene que solo fuera de Argentina se entiende a Argentina como un gobierno peronista.

Fernández, indica, está muy cercano al radicalismo de Raúl Alfonsín, el primer presidente democrático tras la dictadura que terminó en 1983, a su peronismo “moderno”. “No es un gobierno peronista, es un gobierno populista”

Cristina Fernández aporta la fuerza peronista clásica, muy asociada a la izquierda radical que simbolizan, entre otros, figuras como Castro, D’Elìa o Bonafini; y un tercer tolete lo conforma Sergio Massa, presidente del la Càmara de Diputados, que tiene su partido, Centro Renovador, cercano ideológicamente al peronismo pero mucho más moderno. 

“Yo estoy seguro de que Fernández, como Solá y como Massa, consideran a Venezuela una dictadura”, señala el periodista argentino.

“Y si le preguntas a buena parte del gabinete, también. Creo que la mayoría de la coalición está clara en lo que está pasando en Venezuela”. 

“Pero entre todas esas presiones, Fernández tiene que moverse como un equilibrista”, señala Trebucq.

“Este Gobierno es un desastre”, agrega, señalando que las tensiones internas lo hacen tender a la paralización.

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