Al borde de una simple taza de café, reflexiono hoy sobre la triste realidad que soportamos en Venezuela, en medio del colapso de todos los factores que condicionan la vida en nuestro país herido de muerte.

El café que estoy tomando llega desde el sur, procedente del Brasil, y con él la droga que hará más ricos y poderosos a los jerarcas de la neo dictadura opresora.

La sencilla filosofía del pueblo llano siempre me recuerda que lo barato sale caro. Bien pudieran los traficantes del café brasilero regalarnos el tradicional producto. Y aún así, vamos a perder mucho en el negocio.

Perderemos nuestra ya débil industria nacional. Perderán los caficultores sus cafetales. Perderán su empleo los trabajadores del campo y también quedarán cesantes los técnicos y obreros de las torrefactoras y los distribuidores nacionales .

Será el colapso final de la producción venezolana del café. Y, por si fuera poco todo eso, la falta de control sanitario agravará más la salud del pueblo.

Tomo otro sorbo y lo siento amargo. Lo que ocurre con la industria cafetalera, justo en octubre cuando empieza la cosecha del rojo fruto del cafeto, no presagia nada bueno para la economía nacional. Porque lo que digo del café lo digo también del azúcar, de la leche, del maíz, del trigo, del arroz, de la caraota negra y de la yuca.

Pienso que desde hace 20 años se viene desarrollando en Venezuela una economía del exterminio. Un diseño político para el dominio total y la destrucción sistemática de la agricultura, la industria y el libre comercio, minando la salud física y espiritual de los venezolanos.

Hay un frío de muerte en mi taza de café. Creo que las reservas morales deben activarse a la brevedad posible, antes que la pobreza extrema se haga viral e irreversible. Y pienso que la vida se nos va detrás del miedo a la muerte y ante el silencio del liderazgo político oficial y de sus oportunistas colaboradores. Se acerca la hora de un punto de quiebre. El exterminio de la gente honesta y trabajadora y con ella el exterminio de la honradez y las buenas costumbres no debe ser permitido. Es hora de romper el Silencio

Periodista
MISAEL BRICEÑO

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