Nuestra endemia autoritaria

La emergencia sanitaria internacional podrá ir cediendo frente a las estrategias que se siguen desde las organizaciones multilaterales, OMS-OPS, y hasta por la acción de algunos gobiernos que siguen las recomendaciones de la comunidad científica. Pero lo que pareciera ser más fuerte que la pandemia es esa suerte de dos gobiernos que se debaten, decidida y ardorosamente, el derecho a destruir más a Venezuela.


Desde la extrema izquierda se ha enquistado un gobierno que ha adelantado una política sustentada en recetas fracasadas. Frente a esas fórmulas se suma un pensamiento de tipo autoritario que requiere de la destrucción de la institucionalidad democrática, edificada desde 1958, para ejercer el poder despóticamente. Han hecho recordar a lo largo de esta recién comenzada centuria tiempos postreros: los inicios de la explotación petrolera, el salto hacia una economía dependiente de los hidrocarburos; la intermitencia del fluido de eléctrico como del suministro de agua potable y más. La revolución, el socialismo del siglo XXI, nos condujo a la precariedad, a la escasez y a vivir dentro de un gran océano de incertidumbres, de perennes miedos en el ahora y en el mañana.

Frente a aquellos, éstos izan sus banderas guerreristas sin tener instrumentos bélicos y mucho menos ejército propio que los maneje, apuestan a la aventura, a la violencia, a una guerra existencial que aniquile al enemigo. Acuerdos, treguas, pactos, nada de eso aparece en el sumario de acciones, la solución ha de ser final, definitiva.

Mientras se firman los contratos a empresas dedicadas a las acciones bélicas para luego intentar timar sus emolumentos, alzados e insurrectos frente al régimen oprobioso, esperan, claman, oran y ansían que otros vengan a hacer lo que ellos no son capaces de llevar adelante: su “solución final”.

Dos pensamientos autoritarios se disputan Venezuela. Ambos tratando de adelantarla a través de la violencia: unos, pensaron freír cabezas en aceite. Los otros, quizás piensen en hogueras en cada plaza con los cuerpos achicharrados de sus enemigos. Tiranos zurdos y derechos echan mano de los recursos del Estado, destruyen la institucionalidad para hacer mucho más sencillo su andar por los senderos de la opacidad. Ambos se deslizan por la negatividad, sin el disfraz de la piel de cordero.

De la bisutería a la política

Pensar en la ciudadanía supone, desde las formas democráticas, superar el escepticismo, la desesperanza y lanzar una mirada hacia la solución posible, sacudiéndose las incertidumbres, los naturales miedos a caminos ya andados, pero dinamitados por los autoritarios y aventureros. Así están los puentes y los túneles: caídos aquellos, obstruidos los otros.

No hay magia ni esoterismo que nos permita ver la luz al final del túnel. No existe tal túnel y si alguna vez lo hubo, entre ambos lo destruyeron. No hay transición en el horizonte. Las transiciones deben adelantarse desde una perspectiva positiva, profundamente política, cívica y sostenible, pero lo que resuena desde las trincheras autoritarias es confrontación, violencia, presos y muerte.

A la exaltación de las “virtudes guerreras, heroicas, del coraje y la temeridad” que animan las barras extremistas, hay que oponerle “la ponderación, la tolerancia, la calculadora razón, la paciente búsqueda de mediación”. Las visiones extremistas de izquierda y de derecha preferirían que las formas democráticas se desecharan, no hasta la extinción del otro, sino para siempre.
Abandonar las posibilidades que brinda la democracia por la contingencia de la pandemia puede y sería tan grave como la arenga guerrerista.

Quienes simbolizan en la ruta civilista y democrática deben exigir lo que corresponde según la Constitución. La renovación de la AN es un pivote fundamental para poner freno a los autoritarios, de izquierda y de derecha, además, nos coloca ante la posibilidad de reconstruir la institucionalidad y de inaugurar una opción incluyente de demócratas de diverso signo.

@LeomoralesP

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